Estamos atravesando un tiempo que el alma reconoce, aunque la mente todavía no alcance a comprenderlo.
Durante años hemos descendido a lugares de nosotros que permanecían en silencio. Hemos sostenido el peso de antiguas memorias, acariciado heridas que esperaban ser vistas y atravesado la sombra con la esperanza de encontrar, al otro lado, un amanecer distinto. Nada de aquel camino fue en vano. Cada paso preparaba este instante.
Ahora la vida nos invita a un movimiento mucho más sutil: dejar de sostener aquello que ya ha cumplido su propósito para permitir que la esencia vuelva a ocupar su lugar.
Y ese tránsito tiene un lenguaje propio.
Se manifiesta en el cansancio de un cuerpo que ha llevado demasiado tiempo una armadura que ya no necesita. En el vacío que aparece cuando las viejas certezas se desvanecen. En la sensación de caminar entre dos orillas mientras el puente todavía se está construyendo bajo nuestros pies.
Dentro de nosotros conviven dos memorias.
Una guarda con gratitud todo lo vivido y comienza a despedirse con la serenidad de las hojas que caen cuando el árbol sabe que un nuevo ciclo está por llegar. La otra despierta lentamente, como una semilla que llevaba siglos esperando el calor exacto para abrirse y recordar la forma de la flor que siempre habitó en su interior.
Por eso la prisa ya no encuentra dónde sostenerse.
La Madre Tierra jamás fuerza el nacimiento de un bosque. Custodia cada raíz en la oscuridad hasta que la luz y el tiempo se encuentran. También nosotros estamos siendo cuidados por un ritmo mucho más sabio que nuestros propios pensamientos.
Las antiguas telarañas empiezan a deshacerse. Los velos caen con la delicadeza del rocío cuando amanece, y la verdad aparece sin necesidad de imponerse. Basta una pequeña luz para que toda la habitación recuerde que la oscuridad nunca tuvo entidad propia.
Quizá el agotamiento que tantos sentís no sea el final de vuestras fuerzas, sino el último suspiro de una identidad que ya ha entregado todo cuanto vino a enseñar.
Porque cuando el corazón vuelve a ocupar su lugar, el guerrero deja de pelear contra la vida. El felino regresa a su naturaleza, camina con paso sereno entre el fuego y descubre que nunca perdió el rumbo.
Solo estaba recordando el camino de regreso hacia sí mismo.
No lo olvides, No te olvides
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Jessica y Gorka 💜⚜️







