Para comprender lo que estamos atravesando ahora necesitamos mirar un poco más atrás, porque este tránsito no comenzó ayer con la apertura del Portal del León y tampoco terminará cuando pase el eclipse del día 12. Lo que estamos viviendo es la culminación de un proceso que lleva años preparándonos para llegar hasta aquí con la consciencia suficiente para comprender lo vivido y, sobre todo, con la responsabilidad necesaria para decidir qué vamos a hacer con todo lo que ahora sabemos.
Desde 2019 hemos atravesado un ciclo de siete años profundamente ligado al reconocimiento. Han sido años de descenso hacia nosotros mismos, de revisar los cimientos sobre los que habíamos construido nuestra identidad y de descubrir cuánto de aquello que creíamos ser estaba condicionado por nuestra historia, por las memorias del linaje, por experiencias de otras vidas, por heridas que todavía dirigían nuestras decisiones y por pensamientos que llevaban tanto tiempo habitándonos que habíamos terminado confundiéndolos con nuestra propia voz.
Durante este tiempo hemos removido profundamente nuestra tierra interior. Hemos conocido la historia de quienes caminaron antes que nosotros y comprendido por qué determinadas memorias seguían repitiéndose a través de nuestra vida. Hemos tenido que mirar el abandono, el rechazo, la culpa, el miedo, la necesidad de pertenecer, la dificultad para poner límites y todas esas formas de supervivencia que alguna vez nos ayudaron a continuar, pero que con el paso del tiempo terminaron convirtiéndose en estructuras desde las que seguíamos viviendo.
También hemos aprendido a reconocer la manipulación que existe fuera, aquella que condiciona nuestra percepción y nos aleja de nuestra propia conexión, mientras comenzábamos a descubrir algo todavía más profundo: todas las veces que nosotros mismos nos alejábamos de aquello que sentíamos para seguir sosteniendo una realidad que ya no estaba alineada con nuestro Ser. Porque cada vez que conocemos nuestra verdad y la silenciamos, cada vez que sentimos que algo ha terminado y permanecemos ahí por miedo, cada vez que entregamos nuestra capacidad de elegir para conservar la aprobación, la seguridad o la pertenencia, se produce una fragmentación interna que termina separándonos de nosotros mismos.
Todo este trabajo tenía que suceder antes de llegar al punto en el que estamos ahora. Necesitábamos conocer la tierra, removerla, comprender qué raíces crecían en ella y reconocer qué memorias habían llegado hasta nosotros para continuar su camino y cuáles habían llegado precisamente para encontrar aquí su final.
Por eso el Portal del León del 8 de agosto abre este año un movimiento tan importante. Después de siete años mirando hacia atrás para comprender de dónde venimos, entramos en un tiempo de reconocimiento de la identidad que queremos comenzar a materializar. Todo lo aprendido nos lleva ahora hacia una cuestión mucho más profunda: permitir que debajo de las heridas, las programaciones y las versiones que fuimos creando para sobrevivir vuelva a hacerse presente el recuerdo de nuestro Ser.
Ahí comienza realmente este tránsito.
Entre el Portal del León y el eclipse del día 12 se abre un umbral en el que aquello que hemos reconocido dentro necesita encontrarse con todo lo que todavía dificulta poder sostenerlo. Por eso estos días están removiendo capas tan profundas y por eso el eclipse representa un punto álgido dentro de este proceso: la sombra queda expuesta para que podamos contemplarla desde la consciencia que hemos adquirido durante todos estos años.
La rabia acumulada por aquello que vivimos, la tristeza que quedó contenida, la frustración, la injusticia, el miedo, el abandono, la necesidad de aprobación y todas aquellas emociones que en algún momento condicionaron nuestra manera de caminar pueden regresar ahora a la superficie. Cuando una memoria vuelve después de mucho trabajo interno, nosotros ya no somos quienes éramos cuando nació. Tenemos otra consciencia, hemos recorrido otro camino y podemos recibirla desde un lugar diferente, comprendiendo qué parte de nuestra historia está hablando y qué necesita de nosotros para poder integrarse.
Ahí reside una parte esencial de este eclipse. La sombra necesita encontrar un lugar dentro de nuestra historia donde pueda ser comprendida sin juicio. Necesitamos poder mirar a todas aquellas versiones de nosotros que hicieron lo que pudieron bajo los condicionamientos que tenían, comprender por qué se protegieron, por qué tuvieron miedo, por qué se cerraron o por qué aprendieron a abandonar partes de sí mismas para poder pertenecer. Cuando podemos abrazar esa historia sin continuar identificándonos con ella, dejamos de permitir que siga dirigiendo nuestro presente.
Dentro de la memoria cósmica que compartimos, este tránsito toca además una capa mucho más antigua relacionada con la programación draconiana de Sharaten y con aquellas estructuras de control que sumergieron al Ser en el olvido de su propia naturaleza. Ese olvido fue generando fragmentación y nos acostumbró a buscar fuera la verdad, la dirección, el reconocimiento y el poder que habíamos dejado de recordar dentro.
Durante estos años hemos estado realizando el camino de regreso. Hemos ido haciendo consciente la programación, reconociendo las adherencias energéticas y comprendiendo los lugares en los que todavía entregábamos nuestra soberanía. Ahora llegamos a un punto en el que todo aquello que ha sido comprendido necesita comenzar a ser liberado a través de nuestras propias elecciones, porque recordar quiénes somos implica también dejar de alimentar aquello que sabemos que nos separa de nosotros.
Y el cuerpo lleva meses acompañando esta transición.
El agotamiento profundo, la necesidad de descanso, los sueños intensos, los zumbidos en los oídos, los mareos, la sensibilidad y esa sensación de estar intentando ubicarnos dentro de una realidad que por momentos sentimos diferente forman parte de un proceso de reajuste en el que el cuerpo está buscando sostener una frecuencia diferente. Todo nos está llevando hacia el mismo lugar: recuperar el eje y volver a alinear aquello que sentimos, pensamos y hacemos. Y cualquier síntoma físico persistente debe ser también escuchado y atendido, porque cuidar el cuerpo forma parte de este mismo camino de consciencia.
Durante mucho tiempo hemos podido saber que algo había terminado y continuar sosteniéndolo, conocer perfectamente una herida y seguir actuando desde ella, comprender nuestro transgeneracional y continuar repitiendo determinadas elecciones. Pero llega un momento en el camino en el que la distancia entre aquello que sabemos y la forma en la que vivimos comienza a convertirse en la verdadera fragmentación.
Y ese es el lugar al que estamos llegando ahora.
La consciencia necesita descender a la vida. Todo lo que hemos aprendido durante estos años tiene que empezar a reconocerse en nuestras relaciones, en nuestros límites, en la forma en la que cuidamos el cuerpo, en aquello que permitimos entrar en nuestra energía, en las palabras que pronunciamos y en las decisiones que tomamos cuando la vida vuelve a colocarnos delante de aquello que antes nos hacía abandonarnos.
Este es el cambio de grado frecuencial que estamos atravesando. Seguiremos encontrando memorias, heridas y partes de nosotros que necesitarán ser acompañadas, porque todavía queda camino, pero ahora existe una consciencia capaz de caminarlo de otra manera. Podemos reconocer una programación mientras intenta activarse, observar una emoción sin permitir que decida por nosotros y atravesar una sombra conservando la capacidad de regresar a nuestro centro.
Y esto será esencial para los años que vienen, porque entraremos en un tiempo de mucho movimiento, ruido, polarización y acontecimientos capaces de activar profundamente las memorias individuales y colectivas. La fragmentación del Ser será uno de los grandes lugares de contienda y, cuanto mayor sea el movimiento exterior, más importante será permanecer alineados con aquello que reconocemos dentro.
Por eso todo lo vivido durante estos siete años adquiere ahora otro sentido. Cada memoria que apareció, cada herida que tuvimos que mirar, cada final, cada caída, cada límite que aprendimos a poner y cada vez que tuvimos que reconstruirnos estaba desarrollando la consciencia que hoy necesitamos para continuar.
El Portal del León ha abierto el reconocimiento de la identidad que queremos comenzar a encarnar y el eclipse iluminará aquellas partes que todavía necesitan ser integradas para poder sostenerla. Después llegará el movimiento que realmente determinará este cambio de frecuencia: nuestra voluntad de vivir en coherencia con aquello que hemos recordado.
Porque podemos atravesar grandes movimientos energéticos, portales, eclipses y aperturas de consciencia, pero llega un momento en el que la transformación tiene que encontrarnos dentro de nuestra propia vida. En el límite que finalmente sostenemos, en aquello que dejamos de permitir, en la decisión que llevábamos tiempo posponiendo, en la forma en la que elegimos cuidarnos y en cada ocasión en la que dejamos de entregarnos al miedo para regresar conscientemente al corazón.
Ahí está el acto de voluntad para el que estos años nos han preparado.
Entramos en un tiempo en el que necesitamos desintoxicarnos de aquello que ocupa nuestro espacio interno, desprogramarnos de las estructuras que continúan alejándonos de nuestra esencia y permitir que sentir, pensar y hacer vuelvan a encontrarse en una misma dirección. La apertura de consciencia que hemos cultivado durante estos años necesita convertirse en una forma de estar en el mundo, de relacionarnos, de elegir, de amar y también de sostener aquello que sabemos dentro aunque hacerlo implique atravesar incomodidad.
Queda camino, y eso también forma parte de la belleza de este momento. Seguiremos aprendiendo, seguiremos encontrándonos con nosotros mismos y habrá nuevas capas que tendremos que abrazar, pero ya conocemos el camino de regreso cuando algo intenta sacarnos de nuestro centro.
Este tránsito marca precisamente ese paso: dejar atrás un tiempo en el que necesitábamos comprender quiénes habíamos sido para comenzar otro en el que tendremos que responsabilizarnos de quiénes elegimos Ser.
Todo lo vivido nos ha traído hasta aquí. Todo lo trabajado nos ha dado las herramientas para sostener lo que viene. Y ahora el recuerdo necesita convertirse en presencia, la consciencia en elección y el amor en una forma concreta de caminar nuestra vida.
Porque llega un momento en el que recordar quién eres deja de suceder únicamente dentro de ti y comienza a reconocerse en cada paso que das.
Y ese momento ha llegado.







